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2010-03-31 |
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| Esta cacerola no es de teflón |
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| Vecinos y trabajadores desocupados, miembros de una asamblea barrial de Almagro, no esperaron a que se fueran todos y desde 2002 autogestionan una panadería. Antes de empezar, sabían que no iban a amasar fortuna. Sólo tenían unas máquinas obsoletas y un galpón totalmente abandonado. ... |
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A metros de la sede de la calle Ramos Mejía de la Facultad de Ciencias Sociales, hay un café muy bien puesto, donde la atención es cordial y que está casi siempre poblado por estudiantes. Podría no ser más que un bar estratégicamente ubicado en un barrio porteño de clase media. Pero es otra cosa, o al menos no es solo eso. “Esto lleva mas de 6 años. Fue parido en una asamblea de desocupados de plaza Almagro, donde no sólo pedíamos que se fueran todos sino que sentimos que a esa exigencia había que llenarla de contenido”, cuenta Walter Blanco, a quien puede encontrarse arreglando un desperfecto en la puerta de entrada o llevando adelante, entre papeles, la gestión administrativa de esta cooperativa.
Cuando aun ardían las brasas del infierno del 2001, la consigna era para este grupo de personas “crear fuentes de trabajo y abrir la cabeza para otras formas de relacionarse entre los vecinos y desocupados”. No menos importante debió ser el sentimiento de pertenencia a un estamento social que había quedado desencajado tras el colapso del modelo neoliberal de fines de siglo. “Éramos producto de lo mismo, de esa misma clase que había sido tirada como despojos, porque ya no les servíamos”, confirma Walter en una nueva referencia hacia la dirigencia política, con la que la relación iba a ser luego más cercana de lo imaginado.
“Había un compañero que tenia unas maquinas de panadería en el Abasto, en un comedor popular. Pero no pudo sostener el alquiler y tuvimos que dar una pelea grande para que no le llevaran todas las máquinas. Al final rescatamos algunas, en lo que fueron nuestros primeros enfrentamientos con la Policía”. Así, el emprendimiento empezó como una modesta panadería “con nueve integrantes, lo mínimo para conformar legalmente una cooperativa”, y avanzó en la dirección que sus integrantes se propusieron en aquel momento, cuando pensaron: “Vamos a pelear dentro del sistema por todo esto e incluso perfeccionar lo que haya que perfeccionar, o exigir cambios pero dentro del sistema”.
En junio de 2002, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires les otorgó en comodato un espacio en ese entonces abandonado, maloliente y lleno de basura. “No había luz, no había agua, baños, nada, una letrina que si pasabas a 10 metros, te desmayabas, había que tener máscara de gas.” La presidenta de La Cacerola es ahora Silvia Díaz, ex diputada bonaerense por el MAS y candidata a vicepresidenta en 1989, secundando a Luis Zamora. Walter, uruguayo, cuenta que padeció “cárcel, tortura, exilio”, acompañó la creación del Frente Amplio y participó del Movimiento Nacional de Liberación Tupamaro. Son dos de los que empezaron el proyecto, en circunstancias extremadamente complejas pero con un horizonte firme: “Teníamos un proyecto político-social. Eso es lo mas importante: saber a dónde vas, qué querés, con quién vas a actuar y por qué. Y sabíamos también lo que no queríamos, juntarnos para ganar plata por ganar plata, no”, afirma él.
A fuego lento
De cualquier manera, no arrancaron solos. Buscaron ayuda especialmente entre quienes ya tenían cierta trayectoria en la autogestión. Walter recuerda que fueron a Impa, situada a pocas cuadras de la Plaza Almagro, y el presidente del Movimiento de Empresas Recuperadas, Eduardo Murúa, les abrió algunas puertas para entrar al mundo cooperativo. No pasó mucho tiempo hasta que consiguieron ingresar al programa de Unidades Productivas Solidarias de la Secretaría de Educación porteña, mediante el cual el Ejecutivo le compraba a la panadería viandas para estudiantes secundarios. “No teníamos capital de trabajo y ellos pagaban a 40 días”, rememora Walter.
“De las 800 viandas que empezamos a repartir en el día, en 2 ó 3 meses llegamos a 2400. Entraba dinero, comprábamos insumos, producíamos más … no nos quedaba nada. Reinvertíamos permanentemente y pudimos empezar a dar un par de saltos: comprar maquinaria, mejorar las cosas, pero los ingresos nuestros… nada.” En el 2004, la participación en aquel plan quedó suspendida por cuestiones políticas, desliza Walter, quien aclara: “Por más que estuviéramos dentro de un programa del gobierno, nunca íbamos a ser oficialistas”.
No obstante, el trabajo que había hecho La Cacerola superaba esas tensiones y la política, aún la más identificada con la economía de mercado, fue a buscar nuevamente al cooperativismo. “Tuvieron que venir a nosotros porque éramos buenos. Pero no éramos buenos porque si, era porque nosotros hacíamos el doble de esfuerzo porque esa comida era para los hijos de nuestros compañeros. Y dábamos lo mejor”, evoca este uruguayo, quien rescata orgulloso haber “sacrificado beneficios pero no haber bajado la calidad” y, merced a esas virtudes, haber vuelto a las Unidades Productivas en el 2005 y estar hoy entregando nuevamente 2.400 viandas diarias.
“No les queda opción pero porque se hizo un trabajo a voluntad”. Hasta la gestión de derecha que hoy administra la ciudad trabaja en coordinación con La Cacerola. De todos modos, Walter modera su optimismo y predice: “Macri va a venir por nosotros, siempre va a encontrar un pelito, pero le va a costar. Porque ahí vamos a medir el pelito ese que dice él, cuanto mide si es que la ley dice, vamos a verlo. Estamos en guardia”.
Solidaridad
Tal como el propio término impone, ser parte del cooperativismo no es buscar el éxito propio en una isla sino meterse a pelear contra la corriente cuando las circunstancias pongan el peligro al compañero. Y bancar la represión, claro. “Hemos recibido golpes y gases de la Policía, acá y en otras cooperativas”, señala Walter. Recuerda un episodio en la cooperativa de salud Fénix: “Nos avisan los compañeros que la Policía los había desocupado y se había metido para adentro, nosotros estábamos cerquita. Ya en ese momento nosotros ya éramos 35. Paramos todo, dejamos el mínimo de compañeros para mantener la producción, que no se perdieran las cosas que estaban para hornearse y nos fuimos a sostener eso”.
Asimismo, el local de dos pisos donde funciona el bar es un espacio abierto. “Acá se han quedado a dormir compañeros que vienen a congresos de la facultad. Lo que no hacemos es vincularnos directamente con un grupo político, no porque tengamos miedo a la política partidaria, sino para mantener la amplitud. Si tuviéramos suficiente espacio, lo abriríamos a todas las agrupaciones de izquierda. Por lo tanto dijimos ‘política partidaria no’, pero sí a todas las organizaciones”.
Walter ilustra esta actitud con una experiencia: “una vez vinieron compañeros del interior que no tenían en donde quedarse, decidimos cerrar un poco antes y se quedaron todos a dormir acá. Fue una experiencia enorme, porque también se quedaban los compañeros de la cooperativa a dormir y se les abrió la cabeza, conociendo acerca de la lucha en Tucumán, en Jujuy, en La Plata, en otros lugares, distintas problemáticas que a nuestros compañeros les abrieron los ojos. Veían que nuestra problemática se multiplicaba en distintos lugares. Hacia nosotros pero también hacia afuera como clase”. A futuro, si consiguen el aval del gobierno de la Ciudad, la idea es hacer funcionar un centro cultural.
Funcionamiento y dificultades
El Consejo de Administración de la cooperativa se encarga de la organización general. Luego, hay coordinadores que se reúnen semanalmente con los responsables encargados de cada uno de los sectores, para solucionar con más rapidez (y con menos burocracia) las contingencias que van surgiendo. Lo recogido en esas esferas es volcado es asambleas mensuales, a todos los compañeros. La organización interna, por otro lado, no está exenta de las dificultades que les plantea un contexto externo en el que “no es fácil pelear un mercado sin leyes que contemplen la economía social”.
Walter precisa: “Nos miden con la misma vara con la que miden a Coto o a cualquier otra gran empresa. Vienen y nos dicen 'falta un cartel acá, otro allí', libreta sanitaria, las condiciones de bromatología son estas, tenés que tener esto, la ropa, el vestuario; y todo esto lo vamos teniendo y lo vamos haciendo. Es una exigencia, una inversión; los compañeros tienen que ir a talleres a aprender... Pero estamos arriba de un 95 por ciento de las exigencias que le hacen a Coto y las cumplimos todas”.
“Acá todo lo hacemos nosotros, nos enseñamos nosotros y nos capacitamos nosotros. Rompimos el esquema ese de que el maestro en cualquier panadería no cuenta su receta, no enseña sus trucos. Nosotros si podemos hacemos que roten los compañeros. Ahora se está buscando una mayor capacitación dentro de cada sector, incluso asistiendo en horarios de trabajo a cursos externos, algunos de ellos pagados por la cooperativa. También trabajamos con los bachilleres de empresas recuperadas.” Autogestión pura.
Incorporaciones
El capitalismo suele considerar a los trabajadores como recursos útiles -o no- para sacarles provecho según éstos hayan tenido la posibilidad –o no- de formarse para servirlo. El cooperativismo, y el ejemplo a continuación lo refleja, no se rige por esas máximas que priorizan la ganancia de dinero por sobre el desarrollo humano de las personas. Walter relata: “Hicimos un convenio con el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) para incorporar personas en situación de calle. Hoy casi la cuarta parte de los miembros viene de ahí. Tenemos un par de compañeros que vienen de la pelea con la droga... el adicto hace tratamientos pero luego sale y no se puede integrar, y al poco tiempo tiene una recaída que incluso puede ser mas violenta porque siente que a pesar de todo lo que peleó y luchó cae en lo mismo.”
Ocurre que, de cualquier manera, historias semejantes pueden dificultar la adaptación de un individuo al proceso de autogestión. “Generalmente hay un terrible problema con la autoridad porque la autoridad siempre los cagó. En la escuela cuando los echaron fue porque hacían bardo, la Policía, cuando estaban en la calle, porque tenían que agarrar un perejil para permitir otras cosas... De repente arrancó de antes, el padre, también producto de toda esa violencia, era un padre golpeador o alcohólico. La autoridad siempre esta emparentada con violencia.”
Sin embargo, la esencia del cooperativismo puede ayudar a revertir esa lógica, con la colaboración del miembro que ingresa y de los que lo reciben. “En definitiva una cosa es la autoridad y otra cosa es la organización. Eso se entiende y se puede revertir, pero lleva mucho tiempo. De hecho, hubo compañeros que nos han dejado porque, generalmente, cuando uno viene con ciertos códigos de la calle es difícil adaptarse, pero también hay que tener una responsabilidad y cada uno debe hacer lo que le toca. De todos modos, esto cada vez pasa menos”.
Perspectivas
Si bien el repunte económico y del empleo post-crisis quizás aplacó las perspectivas de un movimiento cooperativo y de recuperación de fábricas que fue clave tras colapsar la fase caduca del modelo neoliberal, “el desempleo es un problema que una buena gestión de gobierno no puede solucionar y que además no tiene salida en el sistema capitalista. El asunto es cuánta fuerza y organización podemos tener para que los instrumentos con los que nos empiecen a medir no sean los del capitalismo salvaje sino que entiendan que nosotros somos producto de una mala gestión durante años de ellos”.
De cualquier modo, se entiende que la salida no hay que ir a buscarla allá arriba sino construirla desde abajo. “Todos los cambios sociales en el mundo, compañeros jóvenes, los ha hecho la clase obrera; todas las banderas, absolutamente todas las banderas están teñidas de rojo por la sangre de los compañeros. Nada ha sido gratis, ni va a ser gratis ningún cambio. O sea que bienvenidas las banderas rojas”. Por ahora, “para esto que se da en llamar la economía social” se requieren “políticas amplias que contemplen la diversidad pero que hayan ejes reales y concretos; ninguna empresa en el mundo se puede mantener sin capital de trabajo, sin herramientas, sin tecnología, sin capacitación”.
Lo que se reclama, en fin, es que no se abandone ni se le pongan obstáculos a los trabajadores una vez que ya han sido dejados a la deriva por algún capitalista cuya sed de ganancia dejó de estar satisfecha. “Cuando los dueños y el equipo de gestión se van, quedan los laburantes, los operarios, que son los que saben hacer el producto pero no saben ni dónde comprar, ni cómo comprar, ni mantener una cuenta, ni un cliente, ni exportar, ni nada; solo saben hacer el producto y de golpe tienen que gestionar... esa es la ayuda que hay que dar”.
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